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Archive for the ‘Erótico’ Category

Mario no ha vuelto desde el fin de semana pasado, ha dejado una nota en la cocina diciendo que estaría fuera unos días para relajarse, sin embargo ya han pasado más de dos semanas desde el incidente sin tener noticias de él.

Cuando carolina vino a visitarme estaba muy asustada, jamás había pasado tanto tiempo sin tener noticias suyas, aquejaba un fuerte dolor de muelas y me descubría unas piernas nacaradas bajo su falda gris.

Realmente no comprendía porque la trataba yo, si era Ferguson el que solía hacerlo, con toda su parafernalia de diván y libreta en mano. Yo sólo me dedicaba a esos casos que él desestimaba por ser “simples anomalías callejeras“, como le solía llamar.

Eran las 17h y el calor era sofocante, no teníamos aire acondicionado y el ventilador tan sólo removía el aire caliente que atravesaba los poros de las paredes blancas y roñosas de nuestro “despacho”, como acostumbramos a llamarle porque en la mayoría de las ocasiones despachabamos al cliente sin más miramientos.

Pero…Carolina me cautivaba por instantes con su pesar, su dolor y su angustia arrolladora. Quise llevarla al médico, a otro lugar, sin embargo, sólo se me ocurría llevarle un vaso de agua con hielo y un abanico que alguien dejara olvidado en dicha estancia.

Su voz entrecortada, lamentándose de algo que creyó hacer y que pudo provocar su desaparición, me resultaba más que conmovedor, una invitación a arroparla, aunque no me atreví a hacerlo, simplemente la observaba. Al igual que miraba el sudor de su cuello cayendo hacia el interior de su blusa prudentemente abierta, y mi mente fluía con dicha gota atravesando las barreras de lo permitido.  Luego reaccionaba y seguía con la mirada puesta en alguna otra pieza del puzzle de Carolina.

Eran casi las 18:30 cuando ella se levantó del asiento y me dio un abrazo. Sinceramente no se que le pudo pasar para acometer tal acto de imprudencia, pues yo en ningún caso pensé que fuera un acto bien intencionado y disfruté de la caricia que me suponía tener su cuerpo pegado al mío.

No se el tiempo que duró tal abrazo, el suficiente para que mi cuerpo ávido de pasión se tornara excitado y ansioso de perderme en el suyo. Justo en el momento el que mi aliento empezaba a acelerarse, se desprendió de mi dándome un beso en la mejilla y agradeciéndome haberla escuchado.

Posó sobre mi mano una foto de Mario, su teléfono y un billete de 50 que devolví pidiéndole que lo hiciera si conseguía alguna pista.

Cuando salió, mi intención no fue ir en su búsqueda, sólo de sentarme donde ella había estado sentada y retomar su aroma un instante para mí.

Mi cuerpo estaba tan excitado que dejé apoyada mi mano sobre mis genitales, que ardían con la furia de una pasión enfermiza, y empecé a recomponer el puzzle visual que había hecho mientras mi mano se introducía por mi ropa interior, acariciandome y dándome el deshago al placer vivido. Debí jadear mientras lo hacía porque me garganta quedó seca y mi mano húmeda, en el momento en el que mi corazón latía acelerado y volvía a recomponer mi respiración.

En el suelo estaba la foto de Mario, la tomé y me puse tras las pistas que en mi mente habían quedado….

Llamé a Luciano, el vecino de Mario, con el que solía salir a tomar unas cañas los sábados que se quedaba en su casa. Me comentó que le habían sentado mal los cuarenta, que quería un cambio de aires y que no le extrañaba la idea de que se hubiese ido sin más a vivir la aventura de la vida. No obstante, era un hombre sedentario, trabajador desde hacía 15 años en la misma empresa como subdirector comercial.

Cuando la policía me dejó pasar al “lugar de los hechos”, que curioso poder llamarlo así a una casa impecable sin muestras de personalidad, lleno de muebles modernos de esa tienda conocida sueca donde siempre sobran piezas, y con restos heredados de algún familiar lejano de poco gusto.

Estaba indagando en una vida enlatada sin mucho color cuando en la alcoba, en la cabecera había un maravilloso y esplendoroso cuadro del desnudo de una mujer en blanco y negro. En seguida, mi mente recordó a esa muchacha que le buscaba desesperadamente y a la que no le pregunté la relación con él. Al ver ese cuadro, mi mente no quiso imaginar nada, sino más bien ir a buscar respuestas a mis ansiadas preguntas.

No fue difícil encontrar su contacto, pues trabajaban juntos, era la subdirectora del departamento. Me presenté en la empresa con una cita sobre las doce de la mañana, ella no parecía la misma.

Me saludó cortésmente dándome la mano y ofreciendome sentarme en un sillón de ante de color marrón que me hizo recordar los muebles viejos de Mario. No despertó en mí mayor interés que el de plantear preguntas y respuestas, que ella fue contestando sin dilaciones ni replanteamientos.

A la una, sonó una campanita y me di cuenta que mi tiempo había acabado. Nos despedimos del mismo modo que llegué y me fui meditando sus respuestas que aunque directas y claras no me daban muchas pistas.

Antes de salir del edificio, el conserje me llamó y me dio un papelito que ponía la dirección de un restaurante y un “nos vemos a las 14h allí, Caro

Estaba temblando, me había desconcertado tanto que se me cayó al suelo, aunque fui veloz a retirarlo para que nadie lo pudiera ver.

Decidí ir caminando hasta el restaurante y por el camino pude observar una parte de la ciudad que desconocía y que tenía bellos jardines e innumerables tiendas de todo tipo.

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El paseo pudo tranquilizarme y de pronto observar un hombre que deambulaba cerca de un lago, no podía ser, no podía creerlo ¡Mario! Me acerqué con cuidado por si estaba desorientado o le sucedía algo. Le llamé por su nombre pero no respondía, así que pasé la fina verja del lago y me aproximé a él.

Cuando llegué a su altura me miraba fijamente a los ojos con una gran sonrisa, se abalanzó a mí en un abrazo que me ahogaba y apenas podía respirar. Cuando me liberé de sus brazos parecía caer en un éxtasis y cayó de lleno al suelo.

En esos momentos tuve una lucha de emociones y pensamientos, en plan debate moral de si dejarlo, si me acusarían de algo, si debía ir con ella, si tenía que llamarla… aunque viéndole en el suelo tumbado con esa sonrisa, pensé en qué era lo prioritario y urgente, yo no quería verme en un lío del que no pudiera salir, no obstante creo que hice lo correcto. Llamé a la policía y después traté de localizar a Carolina, sin mucho éxito.

Cuando la policía llegó y me tomó declaración eran pasadas las dos de la tarde, debía ir a mi cita para contarle lo ocurrido, o eso pensé yo en ese momento, tal vez con la esperanza de que llevara a alguna consecuencia diferente.

La ambulancia se lo llevó para hacerle un reconocimiento y me dijeron que no era necesario acompañarle, así que corrí hasta el restaurante. Llegué puntual aunque sudando, pedí mesa y a los 2 minutos la vi entrar, se quitó sus grandes gafas de sol y me abrazó con ternura. Yo no quería dejar de vivir ese momento junto a su piel, sin embargo, debía decirle lo que había sucedido, o no importaba si dejaba para más tarde contárselo, total no iba a cambiar nada, o sí.

En ese debate nos sentamos a la mesa y le dejé comenzar a ella.

-Gracias por venir- expresó con un guiño de complicidad.

No quise interrumpirla pero me pudo los nervios y le dije “de nada”, iba a seguir yo cuando vi una mueca en sus labios que iniciaban una conversación..

– En la oficina no puedo expresarme con total libertad, llevamos tiempo siendo observados y por eso le dije de vernos aquí y aclarar algunas de mis respuestas de antes.

Yo no quise interrumpirla y contarle que le había visto, para disfrutar el tiempo que pudiera de su presencia, de su voz, de toda ella

-Mario ha hecho mucho por mí y casi le debo la vida, eso no se responde ni se entiende con unas simples respuestas. Usted vio mi cuadro en su casa, fue mi regalo por su ayuda en los momentos más difíciles, agradezco mucho cuando alguien hace por mí…

En mi cabeza no estaba el decirle nada de Mario, ni pensaba en el cuadro, sólo pensaba en cuál sería mi recompensa de ayudarla, eso me hizo sentir mal y decidí interrumpirla.

-Tengo que decirte que he encontrado a Mario

Ella, no se inmutó, me miró y me dijo: “Ahora es feliz”

No comprendía nada, no sabía si contarle más, si pedir de comer, si preguntar o qué hacer.

Se levantó de la mesa y me dijo que le acompañara. Yo no dudé, como si tejiera con asombrosa sutilidad un pañuelo de dulzura la fui siguiendo hasta una habitación del hotel contiguo.

Allí, tras cerrar la puerta me percaté donde estaba, sin explicarme cómo había llegado allí sin ser consciente de nada.

Tomó mi cara con sus manos y me besó apasionadamente. Yo me retiré instintivamente, tal vez por todo el desconcierto o por miedo al total descontrol.

Sonrió y me invitó a sentarme en la cama, ella se sentó frente a mí y me dijo que comprendía mi estado de desconcierto, sus palabras fueron calmandome como un bálsamo embriagador…

Como si de una brisa suave se tratase sus manos se introdujeron por debajo de mi falda y sus labios acariciaron mi cuello, mi cuerpo se contorneó entregándose a tal fragancia de constantes deseos, nuestro labios se juntaron, esta vez con una pasión desbordada que nos llevaría a yacer en la cama tras horas de caricias, pasiones y besos.

Creí morir unas diez veces y resucitar otras tantas, jamás había estado con una mujer y nunca había sentido tanta entrega ni calma.

Cuando desperté estaba sola en la cama, bajé corriendo a la calle como quien busca algo que sabe no va a encontrar. En recepción pregunté por ella, nadie la vio. Aunque la habitación había sido pagada.

Decidí no buscarla, sino ir a por él, buscar a Mario y obtener respuestas, no del caso sino para mí.

Allí en la cama, sólo con un suero me reconoció y me invitó a pasar.

-No es real, no la busques, me repetía

-No sé a lo que te refieres. Inquerí

-Ella no es real, es una diosa que te invita al placer y éxtasis para dejarlo todo atrás.

– No lo comprendo, ¿porqué yo, o usted?

-La hemos llamado durante años, en nuestras tediosas e insulsas vidas. Ella nos despierta la llama, esa que jamás se olvida, para crear un nuevo mundo más acorde con la vida.

Salí en silencio de la habitación, quise regresar a casa, sin embargo, cambié el rumbo de mi camino y comprendí caminando para lo que había venido. Tan sólo en unas semanas transformó mi vida, haciendome creer en mí, apostando por mi vida, tomando el placer de mi cuerpo y recuperando la felicidad perdida.

A todos aquellos que no se permiten ser quienes realmente son

 

 

 

 

 

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Despacito casi de una forma imperceptible siento la leve caricia del aire que exhalas entorno a mi cuello haciedome sentir un escalofrío. Mi piel se hace más sensble a las caricias que de tus dedos comienzan a brotar.Al pasar la yema de tus dedos, un súbito desconcierto inunda mi ser dejándome entregada a la vez que dispuessta a compartir el deleite de los mismos..

Me giro para disfrutar de este placer por todo mi cuerpo y encuentro tu rostro sobre mi pecho que engarza una lengua sobre mi pezón endurecido por el placer que se hace cada vez más patente.

Mi cintura se contonea deseando hacer de ella el bosque encantado donde hacerte perder y llevarme al éxtasis de mis sentidos. Reconoces el deseo que se manifiesta y desciendes a perderte en la barbárie de una guerra infinita donde asentar la tribu de tu lengua perpétua.

Te abres paso ante la llanura incial bordeando las praderas alzándote cual escalador perseverante a la cima de la húmeda concordia. Desde allí anidan todos los placeres que emanan cual manatial en época postinvernal hasta la laguna sonrosada que te dispones a bañar con tu boca.

Sientes mi alarido mientras me retuerzo sumida en el profundo placer que me ofreces y que me dejo llevar hasta el placer más sublime que me ofrecen tus labios.

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La tarde era fría, había estado lloviendo todo el día y la humedad dejaba un rastro fino en las paredes de los edificios. Podían verse algunos charcos en el asfalto y gotas que caían de los tejados. Aún no había llegado el otoño aunque empezaba a notarse los cambios de estación, el caer de las hojas, los tonos ocres, las lluvias y ese olor a tierra mojada que penetra a través de las ventanas.

Todo parecía tranquilo en el barrio, cuando de repente una sirena irrumpió con su sonido a través de la avenida que atravesaba la zona principal. Veloz pasó una berlina gris marengo con una sirena accesoria, salpicando a su paso los restos de charcos enturbiados del bordillo. Frenó bruscamente frente a la casa número 29 y bajaron del coche tres policías armados. Después de llamar a la puerta y no tener respuesta, la abrieron de un golpe seco rompiéndola en tres pedazos. Con celeridad se introdujeron en la casa desapareciendo por unos minutos de la calle, que tras el estruendo, comenzó a llenarse de vecinos sorprendidos de lo que estaba sucediendo.

Pasados unos minutos salieron con actitud calmada y diciendo que no sucedía nada, que volvieran a sus casas. Sin embargo, la masa de gente que se había agolpando en las lindes de la parcela, ansiaban y necesitaban una respuesta que diera explicación esa sorpresiva y violenta irrupción a la habituada calma del lugar.

En la casa de enfrente se desdibujaba una sombra sinuosa. Era Estela. Desde un rincón sombreado del amplio ventanal que trataba de divisar qué era lo que estaba sucediendo en la calle, manteniendo así la discreción.

La gente seguía concentrándose en torno a Faust, el joven inspector de policía que estaba a la cabeza de la misión y que se había adentrado entre la masa para calmar los ánimos de algunas personas que comenzaban a tener un comportamiento violento temerosos de que pudiera suceder algo incontrolable en su barrio.

Faust era un joven delgado, apuesto, de cabellos morenos, lacios y de media melena, su barba estaba cuidada y le configuraba un aspecto de seriedad que rompía con el aspecto desgarbado de sus andares que mostraban una actitud mucho más cercana. Había conseguido el puesto de inspector tras resolver una investigación de un manipulador psicológico que conseguía que sus víctimas se suicidaran quedando así impune de tales actos. El merecido ascenso no fue bien visto por sus compañeros que consideraban que no había resuelto más que un caso inventado, pues no consideraban que fuera un criminal “como los que ellos pillaban en la calle”. Aun así, Faust era una persona comprensiva que mantenía sus principios, su coherencia. Con la facilidad de oratoria que poseía le fue relativamente sencillo convencer al auditorio nervioso y exaltado de la necesidad de volver a sus casas y mantener las rutinas para dejar que se desarrollara la investigación con la cautela precisa.

En pocos minutos todo volvía a la normalidad. Los agentes quitaron la sirena portátil y dieron marcha atrás su vehículo con intención de desaparecer del lugar. Sin embargo, al incorporarse a la vía, frenó y se abrió la puerta delantera derecha del coche desde donde salió Faust. Se dirigió en dirección a la casa de Estela, que al verlo venir, se sobresaltó y se retiró del lugar en dónde se encontraba tras el ventanal, esperando no haber sido vista; aunque ya era demasiado tarde.

Cuando sonó el timbre de la puerta, Estela se apresuró hacia ella, recogiéndose el pelo mientras caminaba lo que hizo que cayera un mechón sobre su mejilla, coloreada por la sorpresa del momento. Tomó aire y abrió.

Estela era una joven alta, rubia con el pelo ligeramente rizado y de media melena. Era corpulenta dejando entrever que pudo haber sido una atleta años atrás. Su mirada de ojos verdes-pardos estaba cargada de una sensualidad innata y una curiosidad infantil que rompía con su apariencia seria y distante. Y fue esta la que le delató al abrir la puerta, pues apenas pudo saludar quedándose perpleja al encontrarse con los vivos ojos oscuros de Faust.

Embelesados ambos, Faust rompió el silencio presentando sus credenciales como inspector de policía y solicitándole información para la investigación que venía realizando sobre la actividad diaria del vecino de la casa 29. A pesar de que Estela poca información le podía facilitar, pues esa misma mañana acababa de llegar a la vivienda que pertenecía a su amiga Margot para pasar unos días de descanso y concentrarse en su nueva creación literaria, le invitó a pasar y le ofreció prepararle un café.

Faust aceptó encantado y se giró hacia sus compañeros, que permanecían en el coche policial, y les hizo una señal que les indicaba que volvieran a la comisaria. Siguió las indicaciones de Estela entrando en la estancia contigua al hall. Era un amplio salón con cristaleras enterizas cubiertas por un visillo color crema con algunos detalles floreados. Dirigiéndose en forma perpendicular hacía el ventanal tenía dos amplios sofás de color rojo con detalles en negro, cubierto por grandes cojines que también podían encontrarse encima de una alfombra de apariencia a un tatami con tonos madera que estaba frente a ellos. En la pared lateral se hallaba una librería insertada en forma de mueble que aprovechaba huecos de la propia pared sólo destacaba un equipo de música y algún pequeño detalle de figuras africanas.

Faust estaba tan concentrado observando el lugar que apenas se dio cuenta que llevaba solo un rato y que a Estela, que estaba entrando en ese instante en la estancia, le había dado tiempo de preparar una bandeja donde portaba un par de tazas de café, dos azucareros, uno de azúcar blanca y otro con terrones de azúcar moreno; y dos piezas más del mismo juego que las tazas, una con café y otra con leche templada.

Estela colocó la bandeja sobre la alfombra dado que no había ninguna mesa donde poder colocarla y ofreció servir a Faust mientras se sentaba. Mientras ella vertía el café con leche con dos terrones de azúcar como le había previamente indicado, él perdía su mirada en el escote de su blusa que mostraba con total libertad su pecho descubierto. Para no parecer indiscreto bajó su mirada, lo que en un principio pretendía ser evitar excitarse consiguió todo lo contrario ya que sus ojos se introdujeron en la oscuridad que desdibujaban sus muslos entreabiertos apenas tapados por la tela de la falda que al sentarse se había subido. Carraspeó y tragó saliva para intentar volver a la compostura, aunque sintió que sus orejas estaban ardiendo. No era lo único, sus orejas sólo eran un síntoma evidente de lo que le sucedía en su interior.

Estela dejó caer sobre su café humeante un terrón y como hacía habitualmente, tomó otro entre sus dedos y comenzó a chuparlo. Ese gesto, evidente para los observadores ojos de Faust, hacía más voluminosos sus gruesos labios y dejaba visible el juego que con la lengua realizaba para tratar de extraer el jugo de cada cristal azucarado.

Faust quiso mantener la compostura para poder continuar con la conversación en relación a la investigación, estaba incómodo, pues sentía una gran presión en su pernera que le hizo tener que moverse para liberarse un poco de ella, utilizando la excusa de que la pistola le presionaba en aquella postura. Al levantarse para retirar la tela que oprimía su sexo excitado rozó con sus cabellos la cara de Estela, que con un gesto de agrado cerró los ojos sintiendo la caricia momentánea. Le solicitó dejar la pistola y las esposas en un lateral para proseguir tomando los datos oportunos.

Viendo la profesionalidad con la que se mantenía Faust, Estela decidió comentarle su situación personal en aquel domicilio y así liberar la situación de la tensión de la investigación para poder abrirse en el sentido más humano, porque en el más animal sus cuerpos ya estaban respondiendo. Los pechos rosados de Estela dejaban entrever unos pezones marrones que se habían endurecido y golpeaban con la fina tela de la blusa que a trasluz poco dejaba en secreto.

Cuando hubo comentado su situación, Estela con una amplia sonrisa en su rostro bromeó diciendo que como era sospechosa que la esposara y llevara al calabozo, que había sido muy mala y así quedaría vulnerable ante las cuestiones que le hiciera, estando a merced de la verdad absoluta. Faust sonrió, pues se imaginó otra situación a las palabras que estaba escuchado, pensando en someterla a que le liberara del dolor/excitación que la presión le producía, pues ya sentía el roce de la cremallera en el glande y los pequeños golpes que iba dando la vena con sus pantalones.

Mientras se encontraba absorto en su imaginación, Estela se levantó frente a él situándose delante del ventanal, permitiendo así que la luz a sus espaldas marcara toda su figura como una silueta sombría dibujando cada una de sus curvas. Con las manos cruzadas en la espaldas y ofreciéndoselas, le pidió que le pusiera las esposas porque quería saber qué sensación daba tener puesto el metal frío en sus muñecas.

Faust no sabía cómo reaccionar, la excitación le estaba cegando y su cerebro estaba a punto de estallar entre lo que deseaba y lo que debía hacer. Ella aprovechó para acercarse tanto que quedaron sus manos a la altura de su rostro, lo que le hizo actuar cogiéndole las manos y esposándole. Pensó que si todo aquello era una trampa en esa situación poco podía hacer para engañarle, así que abrió paso a su fuero interno aproximándose a ella desde atrás y susurrándole al oído si aquella situación le agradaba.
Dada la proximidad, Estela podía sentir cerca de sus manos el calor que desprendía la entrepierna de Faust, un calor que le hizo refugiar sus manos, acariciando por encima de la tela todo el volumen manifiesto que le había provocado. La acarició y masajeó notando la presión que requería de una pronta liberación. Pudo sentir una gran exhalación sobre su cuello, el corazón acelerado en su espalda y la rápida respiración de Faust que seguía debatiéndose entre tocarla o quitarse el pantalón, pues ya se había rendido al placer de sentir lo que estaba viviendo.

La respuesta no tardó en llegar, la tuvo cuando hábilmente Estela abrió el cinturón, quitó el botón y descendió la cremallera del pantalón dejando en libertad, al caer el pantalón, su pene erecto y sus testículos hinchados. Faust alargó sus manos rozando la piel suave y fina de la cintura. Con suavidad y ternura, a la vez que lleno de deseo llegó al ombligo y tras bordearlo comenzó a subir dibujando curvas en su piel, hasta llegar a la base de sus pechos, descubriendo que tenían el tamaño perfecto para sus manos. Desde su posición, abrazándola desde atrás, parecía estar acunando en la palma de sus manos cada uno de ellos pudiendo dejar sus duros pezones entre los dedos corazón e índice de cada una con los que los masajeaba.

Los labios de Faust besaron el cuello desnudo de Estela, que tan sólo cubría el mechón que tímidamente le había caído antes. Empezó a recorrer desde la oreja hasta el hombro, haciéndole sentir su respiración acelerada, sus besos y en ocasiones su lengua, jugueteando con la nariz en su blusa para que el movimiento hiciera saltar los botones que con una simple presión soltaba su sujeción, cayendo al final y dejando todo el torso descubierto. Mientras Estela se dejaba llevar reclinándose hacía atrás, y poseyendo entre sus manos toda la grandiosidad de un pene que se le entregaba ansioso de clavarse en sus entrañas. Faust seguía enredado en el hombro y el cuello, con una de sus manos aprisionando un pecho y con la otra que curiosa había descendido hasta el pubis, tejía el vello hasta alcanzar con las yemas de sus dedos el calor y la humedad de su sexo.

Los pantalones de Faust habían descendido hasta los tobillos lo que le hacía perder un poco el equilibrio y casi lo pierde cuando Estela se zafó de sus manos para girarse y arrodillarse frente a él lamiendo la punta de su pene que se alzaba deseosa del calor de los labios que iban a su encuentro. Pero ese encuentro no llegaba, la lengua vigorosa lamía con descontrol su punta, su base, toda su extensión desde los testículos hasta el glande, allí volteaba a uno y otro lado llenando de humedad todo el miembro. Daba la sensación de que toda la polla era su piruleta favorita por la forma en que su lengua se movía haciendo que Faust perdiera casi la razón que le quedaba. Estaba a punto de caerse hacía atrás cuando unos labios gruesos, húmedos y cálidos aprisionaron todo el miembro que hervía de calor, deseo y placer.

La luz que entraba por el ventanal e iluminaba la estancia empezó a volverse tenue dando paso a una lluvia torrencial que mojaba el jardín y empañaba los cristales. A pesar del sonido del agua que caía por el canal y los truenos intermitentes, en el salón sólo sonaba una armonía de respiración acelerada, algunos jadeos y el contacto de sus cuerpos.

Faust estaba totalmente entregado a la sensación cálida y húmeda de la boca que se abría paso presionando cada parte de la piel de su pene a punto de estallar. Esa misma boca que cuando hubo terminado de inspeccionar cada espacio de la tersa piel, se colocó con habilidad el pene sobre la nariz quedando su lengua por debajo, jugueteando y dándole pequeños mordisquillos succionadores por toda la base y lametones más amplios a los testículos que estaban endurecidos y alzados empujando el pene hacia el lugar de donde provenía la fuente del placer. El aire de la respiración sobre el pene humedecido hacía contraste con el ardor que tenía por dentro, refrescándolo y de algún modo calmando la presión, y cuando creía que bajaba la excitación, más profunda se adentraba en la boca de Estela queriendo reventar la campanilla con la leche que a punto estaba de explotar en su interior.

Faust que llevaba un rato con los ojos cerrados, entregado, los dejó entreabrir y observó la miraba atrevida, libidinosa y perversa de Estela que no paraba de entregarse al juego de su boca completamente con el pene introducido completamente en ella. Dejándola salir para cubrirla con su lengua, sus labios que la besaban, succionaban…hasta que la aprisionó con fuerza con los labios sin parar de mover la lengua y no la dejaba escapar. Las manos de Faust agarraron su cabeza con firmeza y suavidad dándole consentimiento de seguir con ese ritmo y aprovechando para con las yemas presionar el cuero cabelludo, haciendo caer la coleta que llevaba. Sintió cómo iba subiendo la leche, el ritmo se acentuaba, las respiraciones seguían la velocidad de sus ritmos cardíacos y la lengua hacía perder el control de la situación hasta conseguir explotar justo en el momento en el que le retiró para llenarle la cara y la boca. Mientras ella le miraba y terminaba lamiendo toda la corrida que quedaba en su polla aún endurecida.

Cuando fue capaz de reaccionar se subió los pantalones, se puso tras ella y mientras le ayudaba a ponerle de pie la inclinó sobre el sofá dejando a la altura de la cintura su falda. Estela pensaba que le iba a follar por detrás cuando le quitó violentamente el tanga que llevaba, sin embargo para su sorpresa ya estaba agachado y tras sus dedos iba su lengua jugando con la humedad que le había provocado la corrida que él había tenido.

Los dedos de Faust no tuvieron dificultad para poder enterrar dos de sus dedos por el sexo totalmente mojado que se abría ante él mientras sus labios apretaban cada uno de los labios y su lengua jugaba con el clítoris. Al ver tal facilidad directamente probó con cuatro dedos jugando previamente con todo el coño que parecía una balsa cargada de agua a punto de rebosar. Tenía la barba y el bigote totalmente revuelto y humedecido. Insertó los cuatro dedos con sus yemas hacia arriba y adelante a la vez que succionó con la boca abierta toda la humedad. Salió un gemido contenido de los labios de Estela. Pudo tocar con sus dedos una superficie redondeada que al sentir que ella se estremecía al tocarla dedujo enseguida de qué era de lo que se trataba, así que sin mover la mano sino jugando con los dedos en su interior pero lamiendo con rapidez el clítoris sintió cómo se estremecía todo su cuerpo y como sus gemidos llegaban a ser pequeños alaridos de placer. Su movimiento era cada vez más sinuoso y rápido a la vez que parecía seguir a una fuerza mayor coordinada pero descontrolada. Agarró con fuerza el culo de Estela y dejó los dedos parados un microsegundo en el que un chorro le llenó la boca y todo el sexo de ella cayó sobre su cara, dejándole a ambos satisfechos y aparentemente derrotados.

Aprovechó la posición para liberarla de sus esposas y subió junto con su cuerpo tumbándose juntos. Se miraron a los ojos sin mediar palabra, se había producido una complicidad manifiesta y aunque cada poro de sus pieles sudaba placer, había una satisfacción interna mayor que irradiaba esa mirada.

Al poco una sonrisa brotó de sus labios que pronto sellaron en su primer beso, largo, intenso y premonitorio de una nueva situación excitante, pues Faust pudo sentir en sus pectorales los pezones endurecidos de Estela, y ella sentir el dulce calor de su pene buscando su sexo….

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Sentir el agua recorriendo todo mi cuerpo es una sensación parecida a dejarse llevar por tus caricias… agarrándome por el pelo me envuelves con tus besos deslizándote por mi cintura hasta llegar a mi cadera donde decides perderte en mi vientre, saboreando el calor del deseo que emana del mismo… humedeciéndonos hasta el borde de nuestras extremidades…. Percibo una leve brisa cálida y fresca que llega tras de mí y no me giro, pues sé que eres tú… cierro los ojos para sentirte recorriéndome la espalda con tus labios; mientras, tus manos se adueñan de mis pechos y mi sexo… acercándome al calor del tuyo que se abre paso entre mis piernas…ambos sentimos caer el agua sobre nuestras cabezas, a la vez que palpitamos al unísono enjugando nuestro deseo bajo nuestros sexos fundidos… tu aliento en mi cuello se acelera y así también el movimiento…me llenas de ti, yo estallo de placer…me abrazas y me giro para besarte, acariciarte y descender a tu volcán por si hay otra batalla que salvar…

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Anida en mí la fuente del deseo… me dejo llevar por las vertiginosas curvas de la pasión, que van haciendo mella en cada espacio de mi piel descubierta, rozando la tuya como una culebra que se enrosca por tus piernas, por tu cintura, por tu cuello…y empieza a introducir mi lengua viperina en tus labios entreabiertos…saboreo tu pasión en ellos, la humedad de unas lenguas que juegan a deshacerse…mordisqueo tus labios carnosos que quieren gritar clemencia, pero ni el aliento dejo exhalar sin hacerlo mío…. Mis manos ya van perdiendo el control en tu espalda mientras una sube sinuosa hacia la nuca y se introduce en tu melena tirando de tu cabello, la otra empieza a perderse sobre tus nalgas acercándote al calor de mi sexo… Sientes mis pezones duros sobre tu pecho juntándose con el latir acelerado de quien quiere salir corriendo pero no quiere perderse ni un instante de lo que está viviendo…se acercan y se alejan van desde la barriga hasta casi el cuello, queriendo ser mordidos cuando mi boca saborea tu cuello… Mis piernas no dejan escapar las tuyas, te tienen preso bajo ellas…sentada sobre ti, mi sexo se apura en arder sobre el tuyo, avisándole con sus brasas que elevaran el fuego hasta clavarse las astillas hasta el vientre más profundo… Empiezo a sentir tu alteración, mi cuerpo se relaja por un instante y siento como te clavas en mis adentros, gimiendo me retuerzo, como una convulsión me elevo y me hallo contigo en el fondo de mi cuerpo… Queremos saborear el momento pero las llamas empiezan a arder y el ritmo de nuestros cuerpos siguen sus movimientos sinuosos, llegando al desconcierto…rápido chispea, cruje y arde lento, llamaradas violentas y apacibles brasas a lo lejos…. Bailamos en el mismo son, llenos de sudor, calor, humedad y deseo…tu cuerpo se tensa bajo el mío que se abre dispuesto. Aceleramos y sentimos llegar el éxtasis del proceso… mirándonos sentimos explotar todas las células de nuestro ser que se hayan hecho uno para ser recuperado en nuestro lecho…

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Alma y cuerpo

No existe el espacio ni el tiempo para el alma que se siente libre, el cuerpo la envuelve para darle sólo una imagen que compartir con el exterior. En ocasiones pensamos que el devenir de los años hará trizas nuestro interior, sin embargo esto será posible siempre que pensemos que es nuestro cuerpo lo primero. Cierto es que es éste quien nos proporciona todas nuestras emociones, con las que aprendemos y llegamos a tener los más grandes sentimientos. Sin embargo el alma flota, nos hace especiales, pues aprendiendo de todo lo que el cuerpo experimenta va mucho más allá…

Hoy me permitiré abandonarme al sentir porque

estoy a tu lado y llego a tocarte… mi nariz atraviesa

tus cabellos oliendo tu aroma mientras

comienzo a besar tu cuello, tus mejillas,

tu frente, tu nariz…tus labios…

Mis manos recorren tu espalda

mientras te abrazan para

aproximar tu piel a la mía

dejándote sentir mis

pezones erectos..

Mi sexo ardiente y

excitado,empieza

a notar el calor

del tuyo…

Cada vez el espacio que dibuja

nuestros cuerpos unidos es menor.

 Siento como el deseo se abre ante ti

al internarte profundo en un cuerpo

que se revuelve de pasión con tu latir

El placer se adueña del momento…

dos llamas, que forman una hoguera

conciben una fragua donde se forjan

sentimientos puros e indefinibles…

Nuestras almas se mezclan libres al

alcanzar  nuestros cuerpos el punto

más alto de fusión inimaginable.

Poco a poco vamos cayendo en un

sopor que nos trasladará a un

mágico descanso en donde siendo

únicos hemos llegado a sentirnos

como dioses tocando el cielo

en manos de alguien …

especial.

No obstante, es mi cuerpo quien se ruboriza al pensar en sentirte acariciando mi piel, rodeándome con tus manos, besando mis labios y haciéndome sentir el goce de tu cuerpo adentrándose en el mío, llegando a un placer inmensurable…

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